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DIEGO J. GENIZ

Diario de Sevilla.

Siete. El número perfecto. Como los días de la semana. Como los sacramentos. La cifra que encierra los siete pecados capitales y las siete maravillas. Dicen de él que es mágico. Que simboliza la plenitud. Siete son los escalones de Villamanrique. Los que suben los bueyes mejor adiestrados para postrarse ante la primera, más antigua e imperial hermandad rociera. La de los cordones rojos. La que sale al despuntar el alba. La que abre las presentaciones del sábado. Toda la provincia cabe en estos peldaños, en esta especie de tránsito entre lo banal y lo esencial, entre lo apolíneo y lo dionisiaco.

Una escalera tiene Villamanrique y de otra presume Sevilla. La primera está en la parroquia de la Magdalena y la otra, en el Salvador. La autenticidad de lo popular frente al don de la elegancia. A ambas las une un jueves que brilla más que el sol. Este jueves que nunca perteneció a la trilogía clásica -y tópica- del calendario litúrgico. Ni falta que le hizo. Este jueves de Rocío es tan redondo como el astro rey que dejó sus huellas, desde bien temprano, en la piel de los peregrinos. Abanicos, sombreros y gorras. Los rayos despojan las calles de sombra. Llueve fuego.

EN VILLAMANRIQUE HAY ASPIRANTES HASTA 2040 PARA SER CARRETERO DE PROMESA DEL SIMPECADO

Bajan los rocieros de Sevilla por los peldaños del Salvador. La escalera que el resto del año sirve de velador improvisado conoce esta mañana el roce de los volantes y el firme paso de los botos. El simpecado verde se coloca en la carreta, guardada desde hace una semana en la Antigua Audiencia. El recorrido de los romeros de cordón verde y blanco es ceremonioso. En esta salida todo está medido al milímetro. Su recorrido. Sus paradas. Y hasta las sevillanas que han de ser cantadas. Lo único que queda en aras de la improvisación son los selfies de los turistas -con chanclas y mochilas- que no desaprovechan la oportunidad de fotografiarse delante de la típica estampa. Todo lo demás queda enmarcado -y restringido- por la elegancia, por la compostura mimética de estos rocieros que en menos de una hora abandonan el centro de la ciudad.

Entre el Salvador y Villamanrique hay más de un centenar de kilómetros. Caminos que conducen al encuentro con la puerta de Doñana. Antes de que el peregrino se adentre en las arenas hay que pasar por esta especie de aduana rociera, de paso fronterizo entre el Aljarafe y la marisma. La escalera más cantada de la romería. Prueba de fuego de los buenos carreteros, de aquellas artes campestres que la innovación mecánica extinguió de los pueblos. La antigua Villa de Mures se ha convertido en relicario del oficio. Sólo quedan siete u ocho familias que logran mantenerse casi todo el año mediante el adiestramiento de las bestias. Tal importancia le otorgan los manriqueños que su romería comienza con el enganche de los bueyes. Habrá ocurrido la pasada madrugada. Cuando usted lea esta página el carretero oficial y el de promesa ya los habrán dispuesto delante de la carreta para que al alba se dirijan a la parroquia del pueblo. Allí se colocará el simpecado, al que acompañan 3.000 peregrinos. El carretero oficial se encarga de alimentar al ganado en la romería. El de promesa es el que lo adiestra durante los meses previos al Rocío. Un cargo para el que hay aspirantes hasta 2040.

Los carreteros quieren dejar su huella en este pueblo de cal y forja. Todos lo intentan. Algunos con suerte. Otros con menos. El de Espartinas sube hasta la misma puerta. Prueba una segunda vez, pero los animales se giran. Otro año será. También se afanan los coros y algún espontáneo en demostrar sus dotes para el canto. Aquí también hay diversidad. Los que afinan. Los que chirrían. Los que agradan. Y los que se hacen pesados. Muy pesados.

El trabajo de los carreteros trae y aleja al público del porche de la parroquia. La gente corre hacia atrás cuando ve alzarse los pitones de los bueyes. “¡Cuidado, que vienen p’arriba“. Y allá que va la marea humana a buscar refugio en el dintel parroquial. Distracción que requiere, de vez en cuando, refrescar el gaznate en el Bar Tomás. Los corianos toman plaza en la taberna a la espera de su hermandad. Una espera a la que se suma el alcalde, Modesto González, a quien, por cierto, se le da bien el cante por sevillanas.

Porque a Coria se la espera en Villamanrique. Se la presiente. Su entrada en la patria de Goro Medina es majestuosa. Con orden y compostura. Ceremonial de años. La caballería forma un perfecto medio redondel. “¡Que viene Coria!”, pregonan los manriqueños. Cordones rojos en unos y otros. La carreta del simpecado se adentra en la plaza. El sol refulge en lo alto. La brisa dejó de soplar. Empiezan las palmas. La gente se arremolina en el porche. Los carreteros piden que se abra un pasillo. Hay que llevarla hasta arriba. El simpecado coriano ya está en lo alto. Brazos y manos son puntales de la carreta. Cantan los de Caura a los de Mures. Se hace el silencio. Calla el bullicio del Bar Tomás. “Por tu fe y por tu gente, pierdo el sentío, y por ser la primera que fue al Rocío”. Siguen las coplas: “Puerta del cielo. Cancelín de la gloria. No hay un pueblo en el mundo más rociero”. Los bueyes andan hacia atrás. Sin dar la espalda a los manriqueños. Se van con la majestuosidad que trajeron. Con la elegancia de lo auténtico. Aquí se para el reloj. El tiempo en una escalera. Coria y Villamanrique. Siete peldaños. Plenitud rociera.

Los bueyes de la carreta de Coria suben los siete peldaños que conducen a la parroquia manriqueña. Allí los espera la más antigua de las hermandades.